Nos hicieron creer que ver mal era normal.

Y que no había mucho más que hacer que acostumbrarse.

Yo también lo creí durante muchos años.

Hoy sé que el mayor problema no es ver mal.

Es no entender qué te pasa en los ojos

y vivir la visión como una amenaza constante.

Por eso escribo esta EyeLetter.

Si quieres empezar a entender tus ojos y dejar de ir a ciegas, te escribo aquí  👇

Durante toda mi vida pensé que ver mal, muy mal…

Era lo que me había tocado.

Que no había nada que hacer con mis ojos,

más que aguantar…

Más graduación,

Más gafas.

Más lentillas.

y sentir cómo mi vista se iba apagando.

A los 37 años me quedé ciega de un ojo durante días.
Y ahí empezó mi viaje…

No es que tus ojos estén mal.
Es que nadie te explicó cómo cuidarlos.

Yo tampoco lo sabía.

Nadie me lo dijo.

Crecí con una frase que seguro te suena:

“Te tienes que acostumbrar.”

Pero hay cosas a las que no deberíamos acostumbrarnos nunca.

Tenía 6 años cuando me plantaron en mi cariña las primeras gafas

Eran rosas.

Recuerdo decir que no veía bien…

Me contestaron que era normal, que me tenía que acostumbrar.

No me acostumbré.
Me adapté.

Que no es lo mismo.

Siempre me sentí la rarita de la familia

Todos veían bien.

Yo no.

Eso me molestaba.

Las únicas que llevaban gafas eran mi abuela y mi tía.

Ellas no se quejaban.

Los domingos de verano íbamos todos juntos a la playa.

Era un espectáculo…

Cinco coches, abuelos tíos.

un montón de niños eufóricos por llegar.

Y yo, miña xoia.

Todo iba bien

Hasta que llegaba la hora de ir al agua, 

y sacarse las gafas.

En aquella época, unas gafas eran un tesoro…

y el mar no entiende de presupuestos.

Mi madre clavaba una sombrilla de colores en la arena
para que tuviera un punto de referencia y poder volver.

Pero muchas veces no la encontraba.

Me quedaba quieta.

Paralizada.

Intentando distinguirla.

Apretando los ojos todo lo que podía.

Con el corazón a mil.

Con miedo.

Sintiendo cómo no ver
podía ponerte en peligro.

Si alguna vez sentiste este miedo,
únete a mi EyeLetter.

Con los años entendí algo que me dio mucha rabia.

No es que mis ojos estuvieran mal.

Es que nadie me explicó nunca qué me pasaba

ni cómo podía cuidarlos.

Viví años luchando con mis ojos

sin saber que podía vivir en paz con ellos.

La miopía fue subiendo sin freno.
Lentillas rígidas. Infecciones. Revisiones constantes.

En el oftalmólogo para ver que todo estaba bien.
En la óptica para graduarme…
Cada vez veía peor…
y siempre la misma historia
“Es que te tienes que acostumbrar.”
«Is qui ti tinis qui iquistribrir, ñiñiñi ñiñiñi…
repetía para mis adentros.

Yo solo quería ver bien.
Ser normal
Libre.

No depender de nada.

Y entonces apareció la operación.
Una operación con láser que te quitaba la miopía.
¿Cóoomo?
¿Así, sin más?
¡Pero qué fantasía es esta…!!

Había una salida.
Una solución.
Una manera de dejar atrás años de gafas, lentillas, miedo y dependencia.

Dejaré de ser la cegata…
Se convirtió en una obsesión.
Pensaba en ello al acostarme.
Al levantarme.
En cada subida de graduación.

Soñaba con abrir los ojos por la mañana y ver.

Iba al oftalmólogo y la primera pregunta era..
¿Me puedo operar ya?
El problema era que siempre me decían lo mismo:
Eres muy joven.
Tienes que esperar.
La miopía tiene que estabilizarse.
Ve graduándote y a ver.

Y mientras esperaba…
seguía subiendo.
Cada visita era igual.
Nueva graduación.
Dolor de ojos.
Y la frase de siempre:
“Es que te tienes que acostumbrar.”

Hasta que un día se me ocurrió algo loco.
Pensé:
Cada vez que me gradúan, me sube la miopía…
¿y si dejo de graduarme?

Y lo hice.
Dejé de ir a graduarme.
Dejé de tocar nada.
Y por primera vez en años…
mi visión se quedó igual.
No mejoró.
Pero no empeoró.

Ahí supe que algo no cuadraba.
Años después, por fin, me operé.

E ilusa de mi, creí que ahí se acaba todo.
Me equivoqué

Lo que vino después no me lo esperaba.
 Te lo cuento en el primer email.

Te veo en mi EyeLetter…