No es que tus ojos estén mal.
Es que nadie te explicó cómo cuidarlos.
Yo tampoco lo sabía.
Nadie me lo dijo.
Crecí con una frase que seguro te suena:
Te tienes que acostumbrar.
Pero hay cosas a las que no deberíamos acostumbrarnos nunca.
Tenía 6 años cuando me plantaron en mi cariña las primeras gafas.
Eran rosas.
Recuerdo decir que no veía bien…
Me contestaran que era normal, que me tenía que acostumbrar.
No me acostumbré.
Me adapté.
Que no es lo mismo.
Siempre me sentí la rarita de la familia, todos veían bien.
Yo no, eso me molestaba.
Las únicas que llevaban gafas eran mi abuela y mi tía, pero no se quejaban.
Los domingos de verano íbamos todos juntos a la playa.
Era un espectáculo…
Cinco coches, abuelos, tíos, un montón de niños eufóricos por llegar…
Y yo, miña xoia.
Todo iba bien, hasta que llegaba la hora de ir al agua.
y sacarse las gafas.
En aquella época, unas gafas eran un tesoro… y el mar no entiende de presupuestos.
Mi madre clavaba una sombrilla de colores en la arena para que tuviera un punto de referencia y poder volver.
Pero muchas veces no la encontraba.
Me quedaba quieta, paralizada, intentando distinguirla.
apretando los ojos lo más que podía..
Con el corazón a mil.
Con miedo.
Sintiendo como no ver podía ponerte en peligro.