Nos hicieron creer que ver mal era normal.

 Yo también lo creí.

Durante toda mi vida pensé que ver mal –muy mal- era lo que me había tocado.

Que no había nada que hacer con mis ojos más que aguantar…

Más graduación,

Más gafas, más lentillas…

y sentir cómo mi vista se iba apagando.

A los 37 años me quedé ciega de un ojo durante días.

Y ahí empezó mi viaje…

Sigue este camino conmigo en mi Eyeletter…

No es que tus ojos estén mal.
Es que nadie te explicó cómo cuidarlos.

Yo tampoco lo sabía.

Nadie me lo dijo.

Crecí con una frase que seguro te suena:

Te tienes que acostumbrar.

Pero hay cosas a las que no deberíamos acostumbrarnos nunca.

Tenía 6 años cuando me plantaron en mi cariña las primeras gafas.

Eran rosas.

Recuerdo decir que no veía bien…

Me contestaran que era normal, que me tenía que acostumbrar.

No me acostumbré.

Me adapté.

Que no es lo mismo.

Siempre me sentí la rarita de la familia, todos veían bien.

Yo no, eso me molestaba.

Las únicas que llevaban gafas eran mi abuela y mi tía, pero no se quejaban.

Los domingos de verano íbamos todos juntos a la playa.

Era un espectáculo…

Cinco coches, abuelos, tíos, un montón de niños eufóricos por llegar…

 Y yo, miña xoia.

Todo iba bien, hasta que llegaba la hora de ir al agua.
y sacarse las gafas.

En aquella época, unas gafas eran un tesoro… y el mar no entiende de presupuestos.

Mi madre clavaba una sombrilla de colores en la arena para que tuviera un punto de referencia y poder volver.

Pero muchas veces no la encontraba.

Me quedaba quieta, paralizada, intentando distinguirla.

apretando los ojos lo más que podía..
Con el corazón a mil.
Con miedo.

Sintiendo como no ver podía ponerte en peligro.

Si alguna vez sentiste este miedo, puedes seguir leyendo conmigo en mi EyeLetter...



Con los años la miopía fue subiendo sin freno.

Lentillas rígidas. Infecciones. Revisiones constantes.

En el oftalmólogo para ver que todo estaba bien.

En la óptica para graduarme…


Cada vez veía peor…
y siempre la misma historia

Es que te tienes que acostumbrar.

Is qui ti tinis qui iquistribrir, ñiñiñi ñiñiñi… repetía para mis adentros.

Yo solo quería ver bien.

Ser normal.

Libre.

No depender de nada.

Y entonces apareció la operación.

Recuerdo el momento en el que escuché por primera vez que existía.

Una operación con láser que te quitaba la miopía.

¿Cóoomo?

¿Así, sin más?

¡Pero qué fantasía es esta!


Había una salida.

Una solución.

Una manera de dejar atrás años de gafas, lentillas, miedo y dependencia.

Dejaré de ser la cegata…

Se convirtió en una obsesión.

Pensaba en ello al acostarme.

Al levantarme.

En cada subida de graduación.

Soñaba con abrir los ojos por la mañana y ver.

 

Iba al oftalmólogo y la primera pregunta era
¿me puedo operar ya?

El problema era que siempre me decían lo mismo.

Eres muy joven.

Tienes que esperar.

la miopía tiene que estabilizarse.

Ve graduándote y a ver.

Y mientras esperaba…seguía subiendo.

Cada año era igual.

Nueva graduación.

Dolor de cabeza.

Y la frase de siempre…

Es que te tienes que acostumbrar.

Hasta que un día se me ocurrió algo muy loco.

Pensé: Cada vez que me gradúan me sube la miopía…

¿y si dejo de graduarme?

Y lo hice.

Dejé de ir a graduarme.

Dejé de tocar nada.

Y por primera vez en años…

En la siguiente revisión, mi visión se quedó igual.

No mejoró.

Pero no empeoró.

Ahí supe que algo no cuadraba.

Años después, por fin, me operé.

E ilusa de mi, creí que ahí se acaba todo.

Me equivoqué

Lo que vino después no me lo esperaba. Te lo cuento en el primer email.

Te veo en mi EyeLetter…